Friday, April 23, 2010

Painful abuse scandal leading us to renewal

By Bishop Gerald R. Barnes
Diocese of San Bernardino
In this otherwise joyous season of Easter we are seeing the return of a story that many hoped was finished – the scandal surrounding the sexual abuse of children by priests. This time it has been cued by reports from Ireland and Germany, the native country of our Holy Father, Pope Benedict XVI. The direct criticism of Pope Benedict in these recent media reports has made this especially painful for many Catholics and I ask you to pray for him as he leads our Church through this time of tribulation.

While further from home, these reports are no less painful to hear. We find ourselves reliving the emotions that came with eruption of this issue in the United States in 2002. Anger, sadness, disbelief and shame, among others.

As the Bishop of this diocese, I extend to all my deepest concern and prayer in this difficult time for our Church. As we have often said before, when one part of the Body of Christ is injured we all feel the pain. So it is again here.

The re-emergence of the crisis has provided a platform for those who disagree with our teachings and our involvement in public policy issues. They would like to see our Church destroyed and they are twisting and bending the circumstances of these cases to cast us in the worst possible light.

At the same time, we must own blame for the past practices of the Church in responding to abuse of our young people by priests.

In looking at this issue, key points must again be made. The sexual abuse of children and youth by priests, or anyone else, is a crime and a sin. Those who commit this reprehensible act must be justly punished. To all victims of abuse I offer my deepest sorrow and regret. I pray that they receive God’s grace and healing so that they may live productive lives. I also pledge the continued commitment of our diocese to protect young people in our churches from harm and to reach out to victim’s of abuse.

This is where we can look to the renewing spirit of Easter. We acknowledge that past efforts by the leaders of the Church to deal with this issue and hold perpetrators accountable were not adequate. It has been an imperfection in our Church and we ask God for forgiveness and mercy.

Then we see what has been learned and, indeed, already done to approach this issue with the justice and compassion of the Gospel.

With the foundation of the Office of Child and Youth Protection in 2002, we have made the protection of children and young people a permanent ministry of our diocese. This involves fingerprinting and other precautionary measures to ensure that no one with a history of sexual abuse has access to our young people. It also involves a massive (and mandatory) training and education component that helps priests, parents, teachers, church workers and children recognize and prevent this terrible crime.

We’ve come to learn that the sexual abuse of children is a scourge that exists at all levels of society, and most often in the family home. Another aspect of our ministry is to help bring this to light. With our “Restoring Me” retreats we encourage victims of abuse from someone in their family or community to come forward and begin the healing process.

While it hurts us to revisit child abuse in our Church, it may also be seen as a blessing that the issue is receiving prominent attention again. In this daylight, perhaps it can be better confronted in all the places where it exists.

I want to affirm the work of so many in our diocese to live our faith as it relates to this issue. It is a pattern that has been repeated all over the United States.

For those who minister in our churches and now find themselves again having to answer for the past sins of the Church, I say, continue to do the good works you are doing. We cannot argue or explain this scandal point-by-point. The best defense we have is to live our faith.

A good occasion for us to be enlivened in our faith will soon arrive with Pentecost, when we celebrate the coming of the Spirit. The apostles, too, were saddened and shocked by the events of the day. Like them, let us experience the power and the grace of the Holy Spirit as we continue the work of healing, building God’s Kingdom here on earth.

May God bless you.



Doloroso escándalo de abuso nos lleva a la renovación

Por Obispo Gerald R. Barnes
Diócesis de San Bernardino

En este que en otras circunstancias sería un alegre tiempo de Pascua, vemos el regreso de una historia que muchos esperaban había terminado – el escándalo en torno al abuso sexual de menores por parte de sacerdotes. Esta vez ha sido aludido por informes provenientes de Irlanda y Alemania, el país natal de Su Santidad, el Papa Benedicto XVI. La crítica directa del Papa Benedicto en estos recientes informes de los medios de difusión ha hecho esto especialmente doloroso para muchos católicos y les pido que oren por él mientras guía a nuestra Iglesia en estos momentos de tribulación.

Aunque nos separa una distancia geográfica, no es menos doloroso escuchar estos informes. Pues nos hacen revivir los sentimientos que suscitó la erupción de este problema en los Estados Unidos en el 2002. Ira, tristeza, incredulidad y vergüenza, entre otros.

Como Obispo de esta diócesis, les extiendo a todos mi más profunda preocupación y sincera oración en estos momentos difíciles para nuestra Iglesia. Como a menudo lo hemos dicho antes, cuando una parte del Cuerpo de Cristo resulta lastimada, todos sentimos el dolor. Así que el dolor está aquí otra vez.

El resurgimiento de la crisis ha proporcionado una plataforma a quienes están en desacuerdo con nuestras enseñanzas y nuestra participación en asuntos de política pública. Quisieran ver destruida a nuestra Iglesia y están tergiversando y torciendo las circunstancias de estos casos para ponernos a la luz de la peor manera posible.

A la vez, debemos aceptar culpabilidad por las anteriores prácticas de la Iglesia al responder al abuso de menores por parte de sacerdotes.

Al analizar este asunto, se deben enfatizar una vez más algunos puntos clave. El abuso sexual de niños y jóvenes por parte de sacerdotes, o alguien más, es un delito y un pecado. Quienes cometen este acto reprensible deben ser justamente castigados. A todas las víctimas de abuso les ofrezco mi más profundo pesar y compunción. Ruego al Señor para que reciban la gracia y sanación de Dios que les permitan vivir vidas productivas. Les reitero también el continuo compromiso de nuestra diócesis de proteger de todo daño a nuestros jóvenes en nuestras iglesias y ayudar a las víctimas de abuso.

Es aquí donde podemos acudir al espíritu renovador de la Pascua. Reconocemos que los esfuerzos pasados por parte de los líderes de la Iglesia para abordar este asunto y responsabilizar a los autores no fueron adecuados. Ha sido una imperfección en nuestra Iglesia y pedimos a Dios su perdón y su misericordia.

Vemos luego lo que se ha aprendido y, de hecho, lo que se ha hecho para abordar este asunto con la justicia y compasión del Evangelio.

Con la fundación de la Oficina para la Protección de Niños y Jóvenes en el 2002, hemos hecho de la protección de niños y jóvenes un ministerio permanente en nuestra diócesis. Esto incluye la toma de huellas digitales y otras medidas de precaución para asegurar que ninguna persona con un historial de abuso sexual tenga acceso a nuestros jóvenes. También incluye un masivo (y obligatorio) componente de capacitación y educación que ayuda a sacerdotes, padres de familia, maestros, empleados eclesiásticos y niños a reconocer y prevenir este terrible delito.

Hemos descubierto que el abuso sexual de menores es un flagelo que existe en todos los niveles de la sociedad, y más a menudo en la familia. Otro aspecto de nuestro ministerio es ayudar a sacarlo a la luz. Con nuestros retiros “Restaurándome,” exhortamos a las víctimas da abuso por parte de alguien en su familia o comunidad a que respondan a nuestro llamado e inicien el proceso de sanación. Hacemos también honor a todas las víctimas de abuso con una Misa anual que tendrá lugar hoy en la Iglesia San Bernardino.

Aunque nos duele volver a tocar el tema del abuso de menores en nuestra Iglesia, el que el tema esté recibiendo de nuevo atención prominente se podría ver también como una bendición. En este nuevo resurgimiento, tal vez se pueda confrontar mejor en todos los lugares que exista.

Quiero reconocer el esfuerzo de muchos en nuestra diócesis por vivir nuestra fe en relación a este asunto. Es una constante que se ha repetido en todos los Estados Unidos.

A quienes sirven en nuestras iglesias y se ven ahora teniendo que responder de nuevo por los pasados pecados de nuestra Iglesia, les digo, continúen haciendo las buenas obras que están haciendo. No podemos argumentar o explicar este escándalo punto por punto. La mejor defensa que tenemos es vivir nuestra fe.

Una buena ocasión para que nos reanimemos en nuestra fe llegará pronto con Pentecostés, cuando celebramos la venida del Espíritu. Los acontecimientos de sus días entristecieron y sorprendieron también a los apóstoles. Al igual que ellos, sintamos también nosotros el poder y la gracia del Espíritu Santo al continuar nuestra labor de sanación, de edificar el Reino de Dios aquí en la tierra.

Que Dios les bendiga.

2 comments:

  1. Bishop Barnes - your comments in Friday's column indicate your diocese has initiated massive & madatory training & education in the effort to protect children from criminal sexual abuse. One Q - how do you assure that what is mandatory in theory is not voluntary in practice? In my diocese, Grand Rapids, MI, when I administered the Protecting God's Children program, for priests, the most important mandatory part of the program was, in fact, entirely voluntary, forcing me to resign b/c the program lacked integrity.

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  2. The Safe Environment Training given by the diocese is mandatory, as dictated by both diocesan norms and California state law. The Diocesan Office of Child and Youth Protection, under my direction, closely monitors compliance, through multiple databases and good collaboration with the leaders in our parishes. Because of this diligence we are able to report 100% compliance among our priests and church employees, according to a most recent audit of the United States Conference of Catholic Bishops. It is worth noting that a good many of those who have taken our Safe Environment training have expressed gratitude for having been given this important information and reported a new understanding of the issue of sexual abuse of children and young people.

    -Sr. Cathy White, Director
    Diocesan Office of Child and Youth Protection

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