Wednesday, May 5, 2010

La ley de Arizona acelera la campaña por una reforma

Por Obispo Auxiliar Rutilio del Riego
Diócesis de San Bernardino

“La hora más oscura es justo antes del alba.”

Como católicos reconocemos este dicho popular en los relatos de la muerte y resurrección de nuestro Señor en el Evangelio, cuando el extremo sufrimiento en la cruz fue seguido por su gloriosa resurrección y su don de salvación.

Tal vez estemos viendo esta historia de nuevo con la aprobación de una nueva ley de inmigración en el estado de Arizona. Fue aprobada en nombre de la seguridad pública pero esta ley ciertamente hace que nuestros hermanos y hermanas inmigrantes sientan que se les está empujando más hacia la oscuridad. De hecho, sus posibles impactos van mucho más allá. Cualquier persona que “parezca” extranjero y/o indocumentado puede ahora ser sospechoso de un delito penal, a los ojos de esta nueva ley.

Primero, esta ley es discriminatoria y, en algunos casos, podría estar arraigada en el pecado del racismo. Segundo, la noción de que mejorará la seguridad del público en Arizona está muy lejos de ser cierta. La policía se atiene a la confianza y colaboración de las comunidades que protege y sería acertado asumir que esta nueva ley, con su inevitable enfoque en los hispanos, comprometerá estas importantes relaciones. Además, el que los partidarios de esta ley pongan en ecuación a los inmigrantes indocumentados con la actividad delictiva y el tráfico de drogas es un disimulo y no un hecho prevaleciente. Una vasta mayoría de los inmigrantes en Arizona y en todas partes son personas trabajadoras y observantes de la ley. Son seres humanos que comparten nuestras mismas aspiraciones y valores.

Tristemente, las vidas de nuestros hermanos y hermanas en Arizona serán innecesariamente más difíciles. Mantener unidas a las familias inmigrantes será un desafío adicional. El temor que invade a la comunidad hispana crecerá.

Puede ser difícil ver la mano de Dios en momentos como estos. Hemos albergado muchas esperanzas por un cambio en el quebrantado sistema de inmigración de nuestra nación este pasado año y medio. Hemos alzado nuestras voces pidiendo una reforma; hemos organizado marchas; nos hemos reunido con legisladores para expresar nuestro punto de vista. ¿Y ahora esto?

Existen ya pruebas de que la ley de Arizona tal vez resulte providencial para la causa del inmigrante. La urgencia a nivel federal por una amplia reforma a la ley de inmigración-que nosotros tratamos de fomentar-es mayor ahora. Hay un fuerte indicio de que el Presiente Barack Obama y algunos legisladores están tomando esto como “un llamado de alerta” para promulgar una reforma antes que se aprueben leyes similares en otros estados. No hemos visto este nivel de ímpetu desde que el Presidente George W. Bush guió los esfuerzos para aprobar una reforma en el 2007.

El movimiento por la reforma migratoria –siempre compuesto por diferentes intereses incluyendo iglesias, grupos comunitarios, laborales y otros – ha sido también unificado por esta terrible ley. Nosotros, también, sentimos una mayor urgencia de pronunciarnos a favor de la inmigración y abogar por un cambio lo antes posible. Nuestra solidaridad es más fuerte que nunca y nuestra esperanza por un cambio sigue viva.

Ahora más que nunca somos llamados a entender las dificultades que enfrentan los inmigrantes. Nuestras comunidades católicas en la diócesis están mostrando esto en su apoyo a una amplia reforma que mantenga unidas a las familias, asegure nuestras fronteras, incluya un programa para trabajadores temporales y proporcione un camino a la residencia legal para los indocumentados en los Estados Unidos. Recientemente recolectamos y enviamos más de 50,000 tarjetas postales procedentes de nuestras iglesias pidiéndoles a los representantes en el Congreso y a nuestras senadoras que aprueben esta reforma.

Así que, en la oscuridad de esta nueva ley en Arizona, continuemos buscando la luz de la justicia de Cristo para los inmigrantes y para todos.
Que Dios les bendiga.


Arizona law accelerates drive for reform

By Auxilary Bishop Rutilio del Riego
Diocese of San Bernardino

“The darkest hour is just before the dawn.”

As Catholics we recognize this popular saying in the Gospel accounts of our Lord’s death and resurrection, when His extreme suffering on the cross was followed by His glorious rising and His gift of salvation.

Perhaps we are seeing this story again with the passage of a new immigration enforcement law in the state of Arizona. It was passed in the name of public safety but this law surely makes our immigrant brothers and sisters feel that they are being cast further into darkness. In fact, its potential impacts are much wider. Anyone who “looks” foreign and/or undocumented can now be suspected of a criminal offense, in the eyes of this new law.

First, this law is discriminatory and, in some cases, may be rooted in the sin of racism. Second, the notion that it will improve the safety of the public in Arizona is far from certain. Police rely on trust and cooperation with the communities they protect and it is fair to assume that this new law, with its inevitable focus on Hispanics, will compromise these important relationships. Further, the equating of undocumented immigrants with criminal activity and the drug trade by supporters of this law is disingenuous and not a prevailing fact. A vast majority of immigrants in Arizona and everywhere else are hardworking, law abiding people. They are human beings who share the same aspirations and values that we do.

Sadly, the lives of our brothers and sisters in Arizona will unnecessarily become more difficult. Keeping immigrant families together will be further challenged. The fear that pervades the Hispanic community will grow.

It can be difficult to see God’s hand at work in moments like these. We have been so hopeful for change in our nation’s broken immigration system over the past year-and-a-half. We have raised our voices for reform; we have marched; we have met with lawmakers to explain ourselves. And now this?

There is already evidence that the Arizona law may prove providential to the cause of the immigrant. The urgency at the federal level for comprehensive immigration reform – which we tried to foster – is now greater. There is strong indication that President Barack Obama and some legislators are taking this as a “wake up call” to enact reform before similar laws are passed in other states. We have not seen this level of momentum since President George W. Bush led efforts to pass reform in 2007.

The movement for immigration reform – always made up of different interests including churches, community groups, labor and others – has also been bonded closer together by this terrible law. We, too, feel greater urgency to stand up for the immigrant and to advocate for change sooner rather than later. Our solidarity is stronger than ever and our hope for change remains.

Now more than ever we are called to be open to the plight of the immigrant. Our Catholic communities in the diocese are showing this in their support for comprehensive reform that keeps families together, secures our borders, includes a program for temporary workers and provides a path to legal residency for those undocumented in the United States. We recently collected and sent over 50,000 postcards from our churches asking Congressional representatives and our U.S. senators to pass this reform.

So out of the darkness of this new law in Arizona let us continue to seek the light of Christ’s justice for immigrants and for all.

May God bless you.