Thursday, October 21, 2010

It is Election Time

By Sister Mary Garascia, C.P.P.S
Pastoral Coordinator, The Holy Name of Jesus Parish, Redlands


In a few weeks we vote, those of us privileged to be able to. We live in a very polarized society, as we know. Each side of any issue exaggerates and distorts the positions of the other side to make its point. We Catholics are affected by this, too. We ourselves are often strong proponents of one or the other side of an issue. The polarization of our civic society is inside us. A result is that our Catholic Church, through its Bishops, cannot speak about a political issue without being severely criticized, condemned, and dismissed: “Bishops should stay out of politics because of separation of Church and state,” say the critics. I believe a cause of this situation is that we Catholic citizens have not reflected deeply on the connection between our political and spiritual lives.

It was St Augustine who did this first. He wrote a classic book called The City of God in 425, when the Roman Empire that he loved was collapsing. His book is very complex, but the scholar Peter Brown makes these points about Augustine’s thinking regarding our role in the “polis,” or civic life:
  • The secular world, the city, is a good and beautiful gift of God. We should love it. That there are bad people and things in it does not negate this gift of God.
  • When things go wrong, when the political order gets corrupt, it is because the citizens of the city are not Christian enough; they are choosing lower goods over higher ones. Augustine wrote extensively about “goods.” No one, he pointed out, really ever chooses evil. When we make a bad choice, it is because our mind presents it to us as a good one—as having a good effect or advantage for us. He further taught that there is a “hierarchy” of goods: some good things are better than others. For example, something that benefits many people is better than something that benefits only a few.
  • He taught that a society is an ordered thing, almost like a human person’s body, and that it has to work together harmoniously. When citizens choose higher goods, they create a good society, one organized for doing good.
  • The civic society will never be completely perfect and good, and so our identity must not be totally absorbed by it. We are also citizens of heaven; the heavenly kingdom is our final destiny. We live in two worlds, the city of “man” and the city of God at the same time.
These ideas are still the foundation of our identity as citizens today, who are also Catholics. As we listen to debates, we listen for the goods being expressed. We search inside ourselves for the hierarchy of goods that we ourselves have, and we let that hierarchy be shaped by our Church. Then we use it to make our political choices, and we vote. Only then are we “Christian enough” to help the city of “man” reflect the light of the city of God.


Se Avecinan Las Elecciones

Por Hermana Mary Garascia,
Coordinadora Pastoral, Sagrado Nombre de Jesús, Redlands


En unas pocas semanas depositaremos nuestro voto, los que tenemos el privilegio de hacerlo. Bien sabemos que vivimos en una sociedad muy polarizada. Los de un lado tratan de ganar adeptos exagerando y distorsionando el punto de vista de los otros. Esto también nos afecta a los Católicos, que tomamos partido, a veces apasionadamente, con los de un lado o los del otro. Estamos inmersos en la polarización de nuestra sociedad civil. El resultado es que nuestra Iglesia Católica, a través de sus Obispos, no puede hablar de un asunto político, sin ser severamente criticada, condenada, considerada entrometida; dicen sus críticos "Los Obispos no deben meterse en política sino respetar la separación entre Iglesia y estado" Yo creo que esto se debe a que nosotros los ciudadanos Católicos, no hemos reflexionado a fondo sobre la conexión que hay entre nuestro pensamiento político y nuestra vida espiritual.

El primero en hacer esta concordancia fue san Agustín. Se puede leer en un libro clásico llamado La Ciudad de Dios, que escribió en el año 425, cuando su querido Imperio Romano se desmoronaba. Su libro es muy complicado, pero un estudioso, Peter Brown,
destaca los siguiente puntos del pensamiento de Agustín, acerca de nuestro papel en la "polis" (la política), la vida civil.
  • El mundo secular, la ciudad, es un regalo de Dios hermoso y bueno. Debemos amarlo. Que haya gente mala y cosas malas, no niega que el mundo sea un regalo de Dios.
  • Si las cosas andan mal, cuando se corrompe el orden político, es porque los ciudadanos no son Cristianos de verdad; han escogido bienes inferiores en lugar de los superiores. Agustín escribió extensamente acerca de estos "bienes". Señala que nadie escoge el mal a propósito. Cuando escogemos algo malo, es porque nuestra mente nos lo presenta como algo que será bueno o ventajoso para nosotros. También enseñó que hay una jerarquía: algunos bienes buenos son mejores que otros. Por ejemplo: algo que beneficia a muchos es mejor que algo que beneficia a unos pocos.
  • Otra de sus enseñanzas es que la sociedad tiene un orden, casi como el cuerpo humano y ella tiene que funcionar armoniosamente. Cuando los ciudadanos escogen los bienes superiores, están creando una sociedad buena, organizada para hacer el bien.
  • La sociedad civil nunca será completamente perfecta y buena y por lo tanto, no debemos permitir que nuestra personalidad sea totalmente absorbida por ella. Somos también ciudadanos del cielo; el reino de los cielos es nuestro destino final. Vivimos a la vez en dos mundos, la ciudad del "hombre" y la ciudad de Dios.
Estas ideas son aun hoy, los fundamentos de nuestra identidad de ciudadanos Católicos del presente. Cuando oímos los debates de los candidatos, estamos atentos a los bienes que nos ofrecen. Luego buscamos dentro de nosotros la jerarquía de bienes que tenemos, y dejamos que la Iglesia nos ayude a dar forma a esa jerarquía. La usamos luego para hacer nuestras selecciones políticas, para luego votar acorde. Solo entonces somos "suficientemente Cristianos" capaces de ayudar a la ciudad del "hombre" a reflejar la luz de la ciudad de Dios.

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