Thursday, January 13, 2011

In violent times we must be sowers of peace

By Bishop Gerald Barnes
Diocese of San Bernardino

In his parable of the Sower, Jesus tells us that the seeds of God’s kingdom flourish under a certain condition, but can be choked or distorted in other environments.

The past week has been tragically marked with violence as six people were killed and a member of Congress critically wounded in a senseless massacre in Tuscon, Arizona. In our own diocese, two teenage boys were shot dead and two others wounded in Redlands, apparently as a result of a long-running feud amongst some local youth.

We continue to pray for the victims of these attacks and their families, and we ask for God’s strength and healing presence.

As we grapple with this horrifying violence and how we might respond to it as people of faith perhaps the parable of the Sower points the way.

Seeds are constantly being sown – in our words and actions as individuals, in the things we choose to exalt or condemn as a society, in the art and entertainment we consume and, increasingly, in the tone of our discourse.

When an individual commits an act of violence, such as those seen in Arizona and Redlands, it should not be seen entirely as an inevitable result of societal seeds. These were acts of free will unmistakably shadowed by evil.

But our collective behavior creates environments that can be conducive to acts of love or acts of brutality. In that we all bear responsibility. The events in Redlands and Tuscon are an occasion to acknowledge some hard truths: that we have lost a great measure of civility in the way that we talk to each other; that ‘I don’t agree with you’ now equates to ‘I don’t like you’; that popular media often promotes violence as acceptable conflict resolution and minimizes the value of human life to our young people.

In Matthew’s Gospel Jesus teaches us that “the seed sown on rich soil is the one who hears the word and understands it.” This is our cue as Roman Catholics in how to respond to these tragedies of violence. We must sow God’s seeds of peace, of selflessness, of civility and of life as sacred for every human person.

We sow these seeds not just in our own hearts, families and churches but wherever we participate in public life. For the Lord punctuated the parable of the Sower with a very important exhortation – “Whoever has ears ought to hear.”

We cannot always prevent seeds from falling on the path, the rocky ground or among the thorns, but we can resolve together to sow the seeds of love and non-violence in the rich soil that God has provided us.

May God bless you.

En tiempos de violencia debemos ser sembradores de paz

Por Obsipo Gerald Barnes
Diócesis de San Bernardino

En su parábola del Sembrador, Jesús nos dice que las semillas del reino brotan bajo ciertas circunstancias, pero que otros ambientes las pueden ahogar o distorsionar. 

La semana pasada quedó trágicamente marcada por la violencia en que seis personas fueron asesinadas y un miembro del Congreso resultó gravemente herido en una masacre sin sentido en Tucson, Arizona.  En nuestra propia diócesis, en Redlands, dos muchachos adolescentes fueron baleados de muerte y otros dos resultaron lesionados, aparentemente como resultado de una legendaria enemistad entre jóvenes del vecindario. 

Continuamos orando por las víctimas de estos ataques y por sus familias e imploramos la fortaleza de Dios y su presencia sanadora.  

Al abordar esta violencia horripilante y cómo podríamos responder a la misma como personas de fe, tal vez la parábola del Sembrador nos muestre el camino. 

Constantemente se están sembrando semillas – en nuestras palabras y en nuestros actos como individuos, en las cosas que decidimos exaltar o condenar como sociedad, en el arte y entretenimiento que consumimos y, cada vez más, en el tono de nuestro discurso. 

Cuando un individuo comete un acto de violencia, tales como los ocurridos en Arizona y Redlands, no se debe percibir totalmente como el resultado inevitable de las semillas de la sociedad.  Estos fueron actos de libre voluntad evidentemente a la sombra del mal. 

Pero nuestra conducta colectiva crea ambientes que pueden conducir a actos de amor y actos de brutalidad.  De eso todos somos responsables.  Los acontecimientos en Redlands y Tucson son ocasión para reconocer algunas duras verdades: que hemos perdido una gran medida de urbanidad en la manera en que nos hablamos los unos a los otros; que ‘Yo no estoy de acuerdo contigo’ ahora equivale a ‘no me caes bien’; que los populares medios de difusión a menudo promueven la violencia como una resolución aceptable de un  conflicto  y menoscaban el valor de la vida humana entre nuestros jóvenes. 

En el Evangelio de Mateo Jesús nos enseña que “la semilla que cae en tierra buena es quien tiene oídos y oye”.  Esta es nuestra señal como Católicos Romanos de cómo responder a estas tragedias de violencia.  Debemos sembrar las semillas de Dios de paz, de abnegación, de urbanidad y de la vida como sagrada para todo ser humano. 

Sembramos estas semillas no sólo en nuestros propios corazones, en nuestras familias y en nuestras iglesias sino dondequiera que participemos en la vida pública.  Pues el Señor acentuó la parábola del Sembrador con una exhortación muy importante – “El que tenga oídos, que oiga”. 

No podemos evitar siempre que las semillas caigan al borde del camino, en terreno pedregoso o entre la maleza, pero juntos podemos tomar la resolución de sembrar las semillas del amor y la no violencia en la tierra buena que Dios nos ha dado.

Que Dios les bendiga. 

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