Thursday, May 3, 2012

Hope and commitment: our ministry of child protection 10 years later

By Bishop Gerald Barnes
Diocese of San Bernardino


My greetings to you in this Easter season. It is my hope and prayer that it is a time of joy and rebirth for you. The Resurrection of our Lord Jesus Christ is the gift that redeems our sins and lays a path of renewal and righteousness before us.

Our Church humbly accepted that gift 10 years ago in Dallas when the Bishops of the United States approved a charter that marked a new beginning in how we, as an institution, would respond to allegations of sexual abuse of children by clergy or church personnel. The crisis has been painful for all involved, victims, priests, bishops, church ministers and the lay faithful. It has changed us.

I will forever carry with me the deepest regret and sadness for the harm that was done to young ones at the hands of clergy in our diocese. To these victims I again extend my most sincere apology and my prayers for healing. The sexual abuse of a child is criminal, sinful and cannot be tolerated in any way.

We celebrated Good Shepherd Sunday on April 29 and I ask you to reflect on how the Diocese of San Bernardino now tends the flock in the area of child and youth protection. In addition to the Dallas Charter, our diocese implemented its own extensive policy in 2002 designed to better respond to allegations of abuse, keep children in our church communities safe and bring healing to victims. Fundamental to this policy is creating an environment in our churches where those who have been abused, or those who know of abuse, can come forward and report it. This is essential for the process of justice and healing to begin.

So, again, I want to strongly urge anyone who has been sexually abused by a priest or church employee in this diocese, or anyone who knows of such an abuse, to please report it immediately. You can do this by calling the Diocesan Abuse Reporting Hotline at (888) 206-9090 or your local police agency.

I would also like to tell you briefly about the many things we have done and are doing in our diocese to address and prevent the sexual abuse of children. Our Office of Child and Youth Protection, established 10 years ago, is a permanent ministry that oversees fingerprinting and other precautionary measures that ensure no one with a criminal history of sexual abuse has access to children in our churches and schools.

If you have been in ministry in our churches and schools chances are you have been fingerprinted and undergone training so that you are able to better recognize and prevent abuse of children. Tens of thousands of people have been fingerprinted and trained over this decade. This is now part of the culture of our diocese and it is my expectation that these requirements are followed with no exceptions.

The effect of this has been that our priests and adult ministers, and our children, have a heightened awareness of appropriate boundaries and behaviors. Our churches and Catholic schools can be seen as places where children are nurtured and accompanied in their faith, and protected from harm.

One thing we have surely learned in the 10 years since the Dallas Charter is that the sexual abuse of children is a scourge that is not unique to the Catholic Church. Indeed, it persists throughout society and, sadly, it occurs most often inside of a family. This has become clear to us through another aspect of our ministry. Since 2005 we have offered “Restoring Me” retreats that encourage victims of abuse from someone in their family or community to come forward and begin the healing process.

I want to extend my sincere thanks to all of those in our diocesan ministry and in our parishes who have carried out this work and continue with great vigilance to make sure our promise to protect children is supported by action.

Ten years ago, our Church was confronted with its own sin. We sought God’s mercy and his guidance in how to approach this issue with Christ’s justice and mercy. It remains part of our journey, but we have already learned enough so that we might be a light to the darkness of sexual abuse far beyond our church walls.

Let us resolve together to continue to be good shepherds of those little ones among us. Let us do the work of healing and reconciliation for those lost sheep who have been hurt by this terrible sin.

And let us look always to the Holy Spirit as we build God’s kingdom here on earth.

May God bless you.

La Esperanza y el Compromiso: Nuestro ministerio de la protección de los niños 10 años después

Por Obispo Gerald Barnes,
Diócesis de San Bernardino

Hermanos y Hermanas en Cristo,
Les saludo en este Tiempo de Pascua. Tengo la esperanza y ruego al Señor que éste sea para ustedes un tiempo de regocijo y renacimiento. La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es el regalo que redime nuestros pecados y nos ofrece un camino de renovación y rectitud.

Nuestra Iglesia aceptó humildemente ese regalo hace 10 años en Dallas cuando los Obispos de los Estados Unidos aprobaron la carta constitucional que marcó un nuevo comienzo en la forma en que nosotros, como institución, responderíamos a alegatos de abuso sexual de menores por parte de clérigos o personal eclesiástico. La crisis ha sido dolorosa para todos los involucrados, víctimas, sacerdotes, obispos, ministros eclesiásticos y fieles laicos. Nos ha cambiado.

Yo llevaré eternamente conmigo la más profunda compunción y tristeza por el daño que sufrieron nuestros jóvenes a manos de clérigos en nuestra diócesis. A estas víctimas les extiendo, una vez más, mis más sinceras disculpas y mis oraciones por su sanación. El abuso sexual de un menor es un delito, un pecado y no se puede tolerar de ninguna manera.

Hoy, al celebrar el Domingo del Buen Pastor, les pido que reflexionen sobre cómo la Diócesis de San Bernardino cuida ahora del rebaño en el área de la protección de niños y jóvenes. Además de la Carta Constitucional de Dallas, nuestra diócesis implementó su propia y política en el 2002, creada para responder mejor a los alegatos de abuso, mantener seguros a los niños en nuestras comunidades eclesiásticas y llevar sanación a las víctimas. Fundamental a esta política es crear un ambiente en nuestras iglesias donde quienes han sido abusados, o quienes sepan de algún abuso, puedan informar del abuso. Esto es esencial para que inicie el proceso de justicia y sanación.

Así que, una vez más, quiero exhortar enfáticamente a cualquier persona que haya sido abusada sexualmente por un sacerdote o empleado en esta diócesis, o cualquier persona que tenga conocimiento de dicho abuso, que por favor informe sobre el mismo inmediatamente. Lo pueden hacer llamando a la Línea Diocesana para Informar sobre Abuso al (888) 206-9090 o a su dependencia policiaca local.

Quisiera también hablarles brevemente sobre las muchas cosas que hemos hecho y continuamos haciendo en nuestra diócesis para abordar y prevenir el abuso sexual de menores. Nuestra Oficina para la Protección de Niños y Jóvenes, establecida hace 10 años, es un ministerio permanente que supervisa la toma de huellas digitales y otras medidas preventivas para asegurar que ninguna persona con antecedentes delictivos de abuso sexual tenga acceso a niños en nuestras iglesias y escuelas.

Si ustedes han servido en ministerio en nuestras iglesias y escuelas, es muy posible que se les hayan tomado huellas digitales y hayan tomado la capacitación debida para que puedan con mayor facilidad reconocer y prevenir el abuso de niños. Se han tomado huellas y se ha capacitado a decenas de miles de personas en esta década. Esto es ahora parte de la cultura de nuestra diócesis y espero que se sigan estos requisitos sin excepciones.

El efecto de esto ha sido que nuestros sacerdotes y ministros adultos, y nuestros niños, están más concientes de los límites y comportamientos adecuados. Nuestras iglesias y escuelas católicas se pueden ver como lugares donde se trata con amor y se acompaña a los niños en su fe y se les protege del peligro.

Una cosa que de seguro hemos aprendido en los 10 años desde la promulgación de la Carta Constitucional de Dallas es que al abuso sexual de niños es una calamidad que no sólo existe en la Iglesia Católica. De hecho, persiste en toda la sociedad, y tristemente, ocurre con mayor frecuencia en el seno familiar. Esto lo ha dejado en claro otro aspecto de nuestro ministerio. Desde el 2005 hemos ofrecido los retiros “Recuperándome” que animan a las víctimas de abuso por parte de alguien en su familia o comunidad a que vengan y comiencen el proceso de sanación.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que en nuestros ministerios diocesanos y en nuestras parroquias han desempeñado esta tarea y que continúan su gran vigilancia para asegurar que nuestra acción apoye nuestra promesa de proteger a los niños.

Hace diez años, nuestra Iglesia se vio confrontada con su propio pecado. Pedimos la misericordia y la guía de Dios al buscar la manera en que íbamos a abordar este problema con la justicia y misericordia de Cristo. Sigue siendo parte de nuestro peregrinar, pero hemos aprendido ya lo suficiente para que podamos ser una luz en la oscuridad del abuso sexual más allá de los muros de nuestra iglesia.

Tomemos juntos la resolución de continuar siendo buenos pastores de los pequeños entre nosotros. Démonos a la tarea de ofrecer sanación y reconciliación a las ovejas perdidas que han sido lastimadas por este terrible pecado.

Y busquemos siempre la guía del Espíritu Santo al edificar el Reino de Dios aquí en la tierra.

Que Dios les bendiga.